La literatura de la renuncia [manifiesto]

Hace mucho tiempo decidí ser escritor. Algo así como veinte años. Pregúntame qué camino no he pensado, qué dilema no he tenido, qué pretexto no he inventado para darle sentido a esa decisión. Cuando era muy joven, pensaba que tenía derecho a ser leído y que era un error considerar a un autor en la mitad de sus treintas como "joven". Pensaba que merecía a los lectores que nunca intenté ganarme con buenos libros, sólo con la firme intención de escribirlos. También fui parte de grupos, de talleres, tuve protectores, hubo quien creyó que yo podría subir rápido y, por el contrario, quien me dio una cita para hablar de mis cuentos, que al final le parecieron ilegibles. Yo he sido ese que espera sentado en la orilla de un sillón, en una sala silenciosa, a que un autor consagrado le diga que se ha equivocado de camino. Yo he sido ese, varias veces. Pero también he sido el otro, el que ha logrado impresionar a alguien aunque nunca sea posible saber por qué, ni si es posible repetir la hazaña.

He pensado en la escritura como un medio válido para la supervivencia pero también como algo que debe cultivarse al margen del capital y de las obligaciones laborales. En resumen, se me han aparecido palancas que no he tirado y razones suficientes para pensar que el mundo no necesita mis libros, pues ya hay muchos. En cuyo caso, siempre queda la eterna discusión de si uno escribe para uno mismo o para los demás. Cualquiera que sea la respuesta, y da igual por cuál nos decantemos, también surge la necesidad de responder a la pregunta por el deber de los escritores, la presencia moral, la dirección de la voluntad, el compromiso con la verdad.

También he pensado mucho en las mitologías, tan frágiles y autocomplacientes, del oficio. Hay complejidad, sin duda, o la hubo, en la idea de que uno escribe porque no puede evitarlo, porque es una especie de necesidad. Después de todo este tiempo he perdido la lucha contra el cinismo y estoy seguro de que la gente escribe porque, simplemente, quiere ser famosa o -una forma más simple de decirlo– le aterra el anonimato. Nos aterra. Las redes sociales son una secuela de ese terror, y una causa, y una preconfiguración. 

Y la verdad es que todo esto es agotador. Y aún falta esa gran conversación sobre el medio literario, la manera en que abiertamente nos lanzamos al pozo de la contradicción corporativa o del sueldo estatal (grande o pequeño, para el caso es lo mismo). Tenemos derecho a no morir de hambre porque escribir es también un trabajo, pero también tenemos la obligación de ser fieles a nuestro precioso lenguaje antisistema. Agotador, repito, y eso que ni siquiera estamos hablando de un libro, sino de la configuración de la personalidad de la que depende ser capaz de escribir un libro.

Después de todo este tiempo, en suma, sólo creo que escribir debe ser, ante todo, un acto de renuncia. Y en esa medida, una comprensión de los poderes que nos dieron la posibilidad de hacerlo posible. Porque renunciar al prestigio –creado o no en las salas de prensa, repentino o fraguado– o renunciar al statu quo de esta generación de escritores clasemedieros con hipotecas o sin ellas, a quienes nunca nos pasa nada y el único límite o borde que conocemos es el de las drogas o el de ser autores traducidos, es una de las pocas formas de espantar la ansiedad de los cómos y empezar a escribir los qués. Creo en la renuncia en la medida en la que, como decía Susan Sontag, escribir es saber algo. Y por eso vale la pena renunciar a todo lo demás con tal de saber qué es ese algo. Sin metafísica.