El plagiario

Después de escribir la novela experimental “El asombro“ (1er Premio Internacional Ink de Novela Digital), he vuelto a considerar la posibilidad de escribir otra novela rara, que juegue con los márgenes como paratexto y cuente historias enlazadas por un único motivo: el dinero. Un novelista gana un premio importante en España, le pagan el premio pero después descubren que toda la novela fue copiada de otras novelas. A lo largo de la historia, veremos cómo el dinero del personaje se agota (esto, indicado en los márgenes) mientras conocemos las trágicas historias de los 120 ganadores previos del concurso, una diseñadora de billetes hermosos y una autora de ciencia ficción que tiene el suficiente dinero para comprar las mejores historias.

Además del detalle de las cuenta bancaria, el narrador de esta novela también será intercambiable, como las monedas. Cuando un personaje pague dinero a otro, el narrador también será intercambiado de personaje.

A ver cómo sale.

Ya hay unas pocas páginas de esto.

El estrecho borde de los campos de sal [novela]

Fuera de los proyectos audiovisuales, esta es la primera novela de ciencia ficción que escribo. La terminé relativamente pronto, en un proceso de 3 meses que, luego de un merecido reposo y unas obligadas correcciones, terminará por ser de un año. La novela recibió la mención honorífica del Premio UPC de Ciencia Ficción 2018, toda una institución (aunque algo lastimada por los años) de los premios de SF en España.

El estrecho borde forma parte de un proyecto más extenso, las crónicas de un lugar imaginario llamado simplemente El puente, un proyecto fallido que alguna vez quiso ser un corredor residencial-industrial entre la Tierra y la Luna. En este lúgubre universo narrativo el lector se encontrará en un futuro donde la exploración espacial nos ha llevado a colonizar otros planetas y los androides son los únicos seres capaces de permanecer puros en una sistema planetario injusto, indiferente a la belleza.

En este universo hay contemplada una novela gráfica y ya existe un corto que fue seleccionado en el Raw Science Film Festival, dirigido por Tanya Leal.

La reina de Sara, parte I [novela]

Desde hace casi una década he tenido la idea de crear una novela fantástica con todos los cánones del género tradicional: un mapa, una enorme lista de personajes y un mundo con reglas bien establecidas para echar a andar a un protagonista que salvará al mundo. No suelo escribir comedias y mis historias suelen tener finales abiertos o agridulces. por eso supone un trabajo colosal ir en contrasentido de mis inclinaciones narrativas naturales y crear una obra luminosa.

La Rena de Sara se ha venido configurando a partir de dos temas fundamentales para mí: el poder y la cartografía. A partir de mi admiración por series tan densas como Doce reinos o tan ligeras como Avatar: the lastairbender, creo que es posible crear un mundo verosímil y con suficiente gravedad par que el lector no pueda evitar sino querer quedarse ahí para siempre.

En este libro se cuenta la crisis del continente Circa, geológicamente inestable, y la invención de una guerra entre dos potencias .

Contemplación [guion cortometraje]

Pensé en este cortometraje de ciencia ficción a partir de la misma idea que subyace en Flashbulb Memories, es decir, la posibilidad de que se desarrolle una tecnología capaz de reproducir en formato audiovisual el contenido de nuestra memoria o de nuestro pensamiento. En esta breve historia se cuenta la última noche de cordura de la mujer que inventó este dispositivo. Perturbador y atmosférico, este guión ha corrido ya por cuatro versiones y está listo para ser filmado.

Días de impunidad [Proyecto TV]

Esta idea para una serie de televisión no fue mía pero Jorge Alberto Gudiño me invitó a desarrollarla. La premisa es simple y poderosa: los personajes de esta serie pueden, al amparo de la ley tener un día de total impunidad. ¿Qué harías tú con uno de ésos? La serie está e desarrollo, escribí el piloto a partir de una idea de Eduardo Gleason, el otro co-creador de la serie. Esperamos que pronto se vea en una opción de streaming.

El consuelo de los desterrados [novela]

Esta es una novela que escribí durante seis años, cuatro de ellos ocurrieron simultáneamente a mi nueva profesión de ser padre de una niña, que no es cosa rara pero tampoco es menor. Obviamente, ahora que la novela está terminada, al menos para mis estándares, creo que Adela y Mirna, las protagonistas de esta historia que comienza en 1974 y termina en 2039, merecían tener completa su historia en mucho menos tiempo.

Como sea, el libro habla de una de las pasiones de mi vida, los videojuegos, y de otra, la ciencia ficción, y de otra, la trágica búsqueda del talento artístico. En resumen: una mujer mexicana intenta, durante treinta años, crear un videojuego RPG, desde mucho antes de que existiera Atari hasta que ya es posible tocar un holograma. Hay un poco de Japón, como siempre; esta vez presente en el bosque de los suicidas, al pie del Mote Fuji.

Flashbulb Memories [Guion webserie]

Nadie me va a creer si digo que tuve algunas ideas que luego vi llevadas a la acción en Black Mirror. Hace algunos años trabajaba en una novela de ciencia ficción cuyo protagonista era una cámara en el ojo ciertos personajes. Esa cámara transmitía el contenido más visto en televisión nacional. La novela no fructificó (aún) pero no me importa que BM se haya adelantado a la premisa: lo hicieron muy bien y varias veces. También, hace unos buenos diez años, escribí El asombro, una novela con varios finales en el que se podía elegir hacer el camino más interesante o intrincado como uno quisiera (yo no inventé esto, por supuesto, pregúntenle a Cortázar, a Perec, a Calvino y a todos los libros genéricos de “elige tu propia aventura“). Por eso, me da gusto que Flashbulb memories, un proyecto televisivo que escribo junto con mi co-writer de siempre, Tanya Leal, fuera en principio idea suya y no mía: de este modo, estoy seguro de que no saldrá en la próxima temporada de BM.

Flashbulb memories, es una webserie que ocurre en un futuro cercano en el que es posible comprar, de forma ilegal, memorias ajenas para experimentarlas en cabeza propia. Por supuesto, hay un poco de Nirvana, esa gran película de 1997, de Gabriele Salvatore, y en los últimos años hemos visto que el tema de recuperar los recuerdos se ha vuelto un tópico en Netflix.

Nuestro tratamiento no se parece a eso. Ocurre en una sociedad densamente estratificada, en donde la inmigración y ciertos tests de inteligencia otorgan a cada ciudadano un número de identidad. Este número le permite o le impide visitar ciertas zonas de la ciudad, comprar artículos, mirar ciertos canales. En este contexto, la compra-venta de memoria es más un pasatiempo decadente que el uso de la tecnología para mejorar el mundo.

Flashbulb memories se encuentra en la segunda fase del proyecto Macro Episodic Lab y esperamos llegar a la final o, al menos, a un futuro próximo en el que las webseries se carguen directamente a nuestro lóbulo frontal.

La literatura de la renuncia [manifiesto]

Hace mucho tiempo decidí ser escritor. Algo así como veinte años. Pregúntame qué camino no he pensado, qué dilema no he tenido, qué pretexto no he inventado para darle sentido a esa decisión. Cuando era muy joven, pensaba que tenía derecho a ser leído y que era un error considerar a un autor en la mitad de sus treintas como "joven". Pensaba que merecía a los lectores que nunca intenté ganarme con buenos libros, sólo con la firme intención de escribirlos. También fui parte de grupos, de talleres, tuve protectores, hubo quien creyó que yo podría subir rápido y, por el contrario, quien me dio una cita para hablar de mis cuentos, que al final le parecieron ilegibles. Yo he sido ese que espera sentado en la orilla de un sillón, en una sala silenciosa, a que un autor consagrado le diga que se ha equivocado de camino. Yo he sido ese, varias veces. Pero también he sido el otro, el que ha logrado impresionar a alguien aunque nunca sea posible saber por qué, ni si es posible repetir la hazaña.

He pensado en la escritura como un medio válido para la supervivencia pero también como algo que debe cultivarse al margen del capital y de las obligaciones laborales. En resumen, se me han aparecido palancas que no he tirado y razones suficientes para pensar que el mundo no necesita mis libros, pues ya hay muchos. En cuyo caso, siempre queda la eterna discusión de si uno escribe para uno mismo o para los demás. Cualquiera que sea la respuesta, y da igual por cuál nos decantemos, también surge la necesidad de responder a la pregunta por el deber de los escritores, la presencia moral, la dirección de la voluntad, el compromiso con la verdad.

También he pensado mucho en las mitologías, tan frágiles y autocomplacientes, del oficio. Hay complejidad, sin duda, o la hubo, en la idea de que uno escribe porque no puede evitarlo, porque es una especie de necesidad. Después de todo este tiempo he perdido la lucha contra el cinismo y estoy seguro de que la gente escribe porque, simplemente, quiere ser famosa o -una forma más simple de decirlo– le aterra el anonimato. Nos aterra. Las redes sociales son una secuela de ese terror, y una causa, y una preconfiguración. 

Y la verdad es que todo esto es agotador. Y aún falta esa gran conversación sobre el medio literario, la manera en que abiertamente nos lanzamos al pozo de la contradicción corporativa o del sueldo estatal (grande o pequeño, para el caso es lo mismo). Tenemos derecho a no morir de hambre porque escribir es también un trabajo, pero también tenemos la obligación de ser fieles a nuestro precioso lenguaje antisistema. Agotador, repito, y eso que ni siquiera estamos hablando de un libro, sino de la configuración de la personalidad de la que depende ser capaz de escribir un libro.

Después de todo este tiempo, en suma, sólo creo que escribir debe ser, ante todo, un acto de renuncia. Y en esa medida, una comprensión de los poderes que nos dieron la posibilidad de hacerlo posible. Porque renunciar al prestigio –creado o no en las salas de prensa, repentino o fraguado– o renunciar al statu quo de esta generación de escritores clasemedieros con hipotecas o sin ellas, a quienes nunca nos pasa nada y el único límite o borde que conocemos es el de las drogas o el de ser autores traducidos, es una de las pocas formas de espantar la ansiedad de los cómos y empezar a escribir los qués. Creo en la renuncia en la medida en la que, como decía Susan Sontag, escribir es saber algo. Y por eso vale la pena renunciar a todo lo demás con tal de saber qué es ese algo. Sin metafísica.